Encuentros Postales: diálogos desde la vulnerabilidad

Una canción con una desconocida

A. hace un libro para J., aunque no sabe que su libro será para J. Hace un libro para alguien a quién no conoce. ¿Qué se le cuenta a alguien a quién no se conoce?

A A. le encanta la música. La calma, la sosiega, cuando siente muchas emociones y a veces no sabe qué hacer con ellas. Y en el momento que crea su libro, la música es importante, porque ha decidido sentirlo todo, y A. siente muy intensamente. Así que sentirlo todo a veces puede ser mucho, y para A. la música es una gran aliada para poder hacerlo más suavemente.

En su libro, la música está muy presente. Comparte una canción que la acompaña y es importante para ella. El deseo (nuevo) de crear una canción con alguien. También cosas que le gustan: viajar, los perros… También preguntas que están ahí, en ese momento: ¿Jugamos? ¿Nos cuidamos? ¿Cuál es el valor de los pequeños gestos?

A. decide no terminar todas las páginas del libro. Ha dejado mucho espacio, en las páginas que ha intervenido y en las siguientes, para que J. (aunque aún no saben que será J.) pueda entrar. Es un libro abierto, curioso, juguetón, directo, vivo, que tiende la mano. Se parece mucho a A.

A. termina la primera parte del libro así: Todo lo que viene. Digues que sí!

 

De entre todos los libros que han hecho A. y el resto de sus compañeros, J. elige por intuición el que A. ha lanzado al mundo. Y dice que sí. ¿Sí a qué? Sí a soñar, sí a encontrar casa, sí a gritar, sí a cuidarse, sí a jugar, brillar, bailar. Sí a escribir una canción. Porque A. no lo sabe cuando hace el libro, pero J. hace música. Toca un montón de instrumentos, canta, compone… Y aunque A. tampoco lo sabe, cuando a J. le llega su libro, está justo en el momento en que se propone que todo eso que compone y canta, salga hacia afuera. J. está grabando sus canciones, y acepta el reto de escribir una canción con una desconocida.

Cuando J. compone y graba la canción, no sabe que A. solía bailar. Últimamente no mucho, porque bailar le hacía sentir presión, y dejó de hacerlo. Quiere volver a bailar, pero está bloqueada, y está pensando en cómo retomarlo sin toda la exigencia que sentía antes.

A. recibe el libro de J., con un código para descargar la canción que, sin saberlo, han hecho juntas. A. se pone los auriculares, la escucha sentada, se emociona.

Ese día dedicaremos todo el tiempo del taller de arteterapia a dejarnos recibir los libros y resonarlos, cada cual como necesite. A. dice que quiere salir fuera, a la terraza. Se va con su reproductor de música y sus cascos. Se planta en medio de la terraza. Y con los ojos cerrados, empieza a moverse, y baila. 

Dos años después, si por ejemplo A. y J. se cruzaran por la calle, no se reconocerían. No saben qué aspecto tienen, ni por dónde andan, ni a qué se dedican. Sí saben que, en algún lugar, está esa desconocida con la que compusieron una canción, llena de belleza, de ternura y de vida, desde los momentos en que estaban, lo que sentían y lo que querían compartirse.

El proyecto

Encuentros Postales es un diálogo creativo desde las voces, las historias, las imágenes, las escuchas, las resonancias y los espejos que todas somos.

Es un proyecto de arte comunitario, con un enfoque arteterapéutico y transdisciplinar, que utiliza diálogos a través del arte y la creación colectiva como dispositivos para acercar y conectar a diferentes grupos y personas, que no se conocen antes del proyecto.

Encuentros Postales nació en un taller de arteterapia con personas que se encuentran en proceso de recuperación de adicciones, lo cual le dió al proyecto, desde sus inicios, una mirada de y desde la institución, así como la voluntad de implicar a personas en lo que llamamos situaciones de vulnerabilidad, y cuyas  experiencias en ese sentido son especialmente visibles o nombradas.

Así, a través de libros de artista que dialogan, se activan intercambios artísticos entre personas vinculadas a instituciones (de salud mental, de atención a las adicciones…) y personas que no lo están en ese momento, que nos permitan construir puentes inmateriales y pensarnos en relación a un tejido humano más amplio, diverso y rico.

El sentido profundo del proyecto es abrir una reflexión (vivenciada) sobre nuestra relación con la alteridad y la diferencia, sobre la posibilidad de espejarnos, reconocernos y encontrar lugares comunes. Es una propuesta que nos invita a generar diálogos que diluyan algunas fronteras invisibles, encontrando hilos que nos conecten cuando hablamos desde nuestros sustratos humanos y a través del arte.

Es construir esos puentes inmateriales, momentáneos y construirnos dentro de la posibilidad del encuentro. Incluso sin saber del otro lo que solemos saber de los otros. Incluso si no sabemos qué tenemos en común. Es reconectar con la confianza de que en realidad tenemos mucho en común, y mucho para darnos.

La vulnerabilidad como lugar común y condición íntima de la experiencia humana

Este relato habla de las cicatrices de los cuerpos y de algunas de las formas que hemos inventado para protegernos del dolor, y también (o sobretodo) de la necesidad de ser acogidos y acariciados.

Joan-Carles Mèlich

En el ámbito social, hablamos muchas veces de persona, colectivos, en riesgo o situación de vulnerabilidad, pero la vulnerabilidad no es una excepción de la experiencia humana, sino posiblemente su condición más íntima. Ser vulnerable significa ser susceptible de ser herido, y todos los seres humanos lo somos. Vivimos expuestos a la posibilidad de que la vida, los acontecimientos, los otros… nos hieran y nos causen daño. No podemos eludir esa posibilidad: existir es exponerse, también, a que la vida nos golpee, a sus roturas, fricciones, incertidumbres, pérdidas, finitudes. No podemos protegernos completamente de ser heridos, y esa fragilidad con la que aparecemos es posiblemente uno de nuestros rasgo más comunes, uno que nos atraviesa más allá de nuestras biografías, condiciones y particularidades.

Reconocer nuestra vulnerabilidad es aceptar que nadie puede vivir al margen de ese riesgo de ser herido, pero también es comprender que esta misma limitación (o posibilidad) es la base de la interdependencia humana, del cuidado y del amor. Nos necesitamos, nos acompañamos, porque somos vulnerables. La vulnerabilidad es la condición misma que nos permite, y nos empuja, a construir vínculos, a crear conexiones, a reconocer que nuestras vidas están entrelazadas. Es la palanca que nos lleva a inventar formas de cuidado, espacios de ternura. Porque los demás son también el lugar donde nos resguardamos ante la posibilidad de ser heridos, donde nos curamos cuando lo hemos sido, donde encontramos sentido a través de la conexión y el afecto.

Hablar de vulnerabilidad, entonces, es hablar de fragilidad, heridas y dolor, pero es también hablar de la posibilidad de empatía, de cuidado, de vínculos, de protección, de responsabilidad compartida y de construcción comunitaria. Como dice Brené Brown, la vulnerabilidad es el lugar de nacimiento de la conexión, del amor, de la pertenencia, de la creatividad y de la alegría.

La fragmentación que puede generar la institucionalización

 Todas podemos ser heridas, y a veces lo somos. Cuando algo nos hiere, y nos duele, nuestros cuerpos hablan, nuestras conductas cambian… reaccionamos, creamos mecanismos y estrategias para defendernos y que duela menos. Algunas veces, estas formas de protegernos del sufrimiento pueden implicar quiebres profundos o fracturas, interrupciones que alteran nuestros cursos de vida, parar para poder darle un lugar a lo que nos pasa y sanarnos.  A veces nos alejan, nos sacan de la “realidad”… nos hacen crear otras realidades, nos hacen incomprensibles para los demás o nos aíslan, porque nos llevan a lugares no compartidos. A veces, nuestras formas de protegernos nos causan, o causan a los demás, daño. Un daño distinto del que queríamos aliviar. A veces nuestras formas de protegernos causan extrañeza, o miedo. Hablamos, de voces que nadie más oye, del enganche a sustancias sin las que dejamos de imaginarnos, de miedos paralizantes, de montañas rusas de emociones polarizadas… y de un largo y variado etcétera, que pueden llegar a ocuparnos mucho espacio. A todas esas formas de protección, con sus variantes y magnitudes, las llamamos síntomas. Y cuando los síntomas toman ciertas formas, o tamaños, a veces aparece la institución, como espacio de acompañamiento a todas estas formas de dolor emocional.

Las instituciones organizan el sufrimiento humano, las vivencias que generan malestar, a través de colectivos, protocolos y dispositivos especializados. También ocurre en el ámbito de la salud mental. Esta forma de institucionalización puede tener funciones prácticas – orientar la intervención, reducir la incertidumbre y ofrecer recursos específicos para acompañar experiencias complejas – pero al mismo tiempo introduce una lógica de clasificación que tiende a separar experiencias que, en su origen, tienen mucho de común: la vulnerabilidad y el dolor que, aunque sea en diferentes formas, todas podemos compartir y comprender.

Esta organización institucional produce, entonces, el efecto de cierta fragmentación. Las experiencias humanas se separan en compartimentos, según las vivencias, las defensas,  los síntomas o los diagnósticos de cada cual. Como señala Mèlich, al estructurar la atención en categorías tendemos a conocer primero la diferencia y luego la conexión, priorizando los límites (lo que nos diferencia, las divisiones) sobre la continuidad (aquello que nos acerca, nos iguala ).

La fragmentación institucional genera un efecto de alteridad, tanto del sufrimiento como de la pertenencia. Al etiquetar y segmentar el dolor, este se percibe como perteneciente a “los otros”, reforzando la sensación de que ciertas formas de vulnerabilidad no nos conciernen, nos quedan lejos. Las etiquetas diagnósticas, en la práctica clínica, pueden hacer que el dolor psíquico de algunas personas se perciba como algo lejano y ajeno para quienes no atraviesan esas experiencias.

Pero también puede generar otra forma de alteridad, la sensación que la pertenencia, que el formar parte de lo común, se sitúa en un lugar menos accesible. La institucionalización de ciertas formas de sufrimiento puede reforzar la idea de que la capacidad de pertenecer, vincularse y ser parte activa en las redes de cuidado y en el tejido comunitario corresponde a “los otros”, en este caso, a quienes están fuera de la institución.

En nuestro trabajo en instituciones de salud mental y adicciones, hemos podido experimentar esta distancia, y la dificultad para permear sus fronteras. Por un lado, la dificultad de atravesarlas para comprender algunas formas de vulnerabilidad y dolor desde el conjunto de la sociedad. Por otro lado, la de cruzarlas de vuelta, desde la institución, y resituarse y revincularse en la comunidad. De este modo, si la institucionalización del sufrimiento tiende a situar el dolor, pero también la pertenencia y el amor, en el territorio de “los otros”, se vuelve necesario explorar prácticas que permitan volver a reconocer la vulnerabilidad como experiencia compartida.

Dialogar y otrarse como prácticas que nos reconectan con la vulnerabilidad

La vulnerabilidad está ligada a una identidad nunca definitivamente fijada; una identidad siempre expuesta a los otros; […] una identidad creada en las relaciones con otros, con amigos y con extraños.

Joan-Carles Mèlich

Frente a la fragmentación y la alteridad, ¿cómo podemos acercarnos a aquello que nombraríamos como ajeno y extraño? ¿Desde qué lugar podemos encontrarnos con el otro, creando antes la conexión que la diferencia? ¿Cómo podemos desdibujar las distinciones de las experiencias humanas y acogerlas todas como las distintas formas con que atinamos para estar en el mundo?

Para nosotras ese lugar es el arte y su potencial para crear(nos), dialogar y (re)crear(nos). Los diálogos e intercambios artísticos nos permiten interactuar con los otros, ser con los otros, dejarnos afectar y reconocer y, al final de ese baile, convertirnos en otras nosotras mismas.

Por una parte, los diálogos artísticos nos permiten entrar en relación con el otro desde un lugar distinto al de las etiquetas (institucionales) con las que nos identifican o nos identificamos. El arte activa esa parte de la identidad que es creativa, expresiva y receptiva.

Dialogar con alguien de quien no conocemos las etiquetas, las categorías o las señas habituales de identidad, además, nos sitúa en otro lugar, desde el que podemos encontrarnos de otra manera. ¿Qué sabemos del otro, cuando no sabemos nada?

Por otra parte, esos diálogos, y el arte en general, nos permiten el gesto de otrarnos. Otrarse no supone convertirse en la otra persona ni apropiarse de su experiencia, sino aflojar momentáneamente las identidades que nos fijan —diagnósticas, sociales o biográficas— y abrir un espacio de encuentro del que esperamos salir siendo otras, otro alguien, que hemos construido en la relación con los demás.

En este sentido, las prácticas artísticas comunitarias constituyen un espacio privilegiado para los gestos de escuchar y de otrarse. El arte permite suspender temporalmente los límites  de nuestras identidades —muchas veces atravesadas por lo institucional y lo categórico—  ofreciendo un terreno donde la vulnerabilidad, en todos sus matices, puede aparecer y compartirse sin ser reducida a síntoma o etiqueta. A través de diálogos y co-creaciones, se hace visible que el dolor y la fragilidad no son exclusivos de los “otros”, sino que forman parte de la  condición humana, y pueden ser compartidos, sostenidos y transformados en comunidad. También se hace visible que el deseo de vínculo, conexión y cuidado sigue (siempre) vivo, y en búsqueda de caminos de vuelta.

La vulnerabilidad, decíamos, es la condición que nos convierte en seres fracturados, incompletos, quebradizos, pero también (o por lo tanto) en seres inexplicables sin los demás, sin su cuidado y su arropo. En seres necesitados de conexión, de vínculo, de amor, de pertenencia. Pensar en esa condición de la experiencia humana, de la vida, afloja y da esperanza, y seguramente nos devuelve el sentido de construir tejidos comunitarios más tiernos, humanos y reparadores.

Cosechando

Encuentros Postales es un proyecto vivo y en continua transformación, pero a lo largo de los diferentes intercambios que hemos podido acompañar y vivir, cosechamos algunas experiencias.

En los diálogos entre grupos ligados a institución y grupos que no lo estaban, hemos podido observar cómo se abría en el espacio esa doble dirección de la vulnerabilidad: la que nos da la posibilidad de acercarnos a la fragilidad o al dolor ajeno, y también la que nos posibilita reconectar con el amor, el vínculo y la pertenencia en nosotras mismas, a veces justamente en momentos en que ese hilo nos parecía extraviado.

Para quienes no están viviendo la experiencia de la institucionalización, de procesos de recuperación, por ejemplo, el encuentro permite asomarse a realidades que a menudo permanecen lejanas, encapsuladas o cubiertas de estigma, y descubrir que aquello que parecía tan ajeno también forma parte de la condición humana que compartimos.

Para quienes viven con un diagnóstico o vinculados a una institución, el encuentro ha abierto espacio fuera de ese contexto y el dejarse ver y ser vistos con otra mirada: una mirada de igual a igual, libre del peso de la etiqueta. Una mirada que ve a la persona antes que al síntoma, que des-diferencia y que permite volver a sentirse parte de un imprescindible y sanador nosotros.

En los intercambios ya realizados, nos hemos dado cuenta del valor que tiene poder preguntarse, cuando no hay contexto, qué se quiere contar y cómo se quiere hacerlo. Poder preguntarnos, desde la libertad creativa, cómo elegimos explicarnos, cuál es la narrativa sobre nosotras mismas, y cómo ésta se puede trenzar con la historia del otro.

Hacer los libros de artista también nos invita a sentir sobre qué deseamos dar y qué quisiéramos que reciba la otra persona. Hay algo muy genuino en lanzar al aire un libro sin saber para quién es, y posiblemente tiene que ver con el gesto de confiar: confiar en una misma, en el cuidado y la dedicación que ponemos en esa creación, y confiar en el otro, y en la ternura con que podrá recibirlo. No es tan importante quién lo envía o quién lo recibe, sino comprobar que la posibilidad de mirarnos y dialogar desde este lugar de escucha, cuidado y confianza existe en el mundo, y que podemos ser parte y relacionarlos desde ahí.

En esa posibilidad, las distintas realidades se aproximan desde un lugar de sorpresa, de intercambio entre iguales, de curiosidad por saber qué mueve a la otra persona, qué le hace vibrar, qué sueña, qué vida hay detrás… Se abre un diálogo en el que se intenta cuidar al otro, sin conocer ni necesitar saber. Y ese gesto, tan sencillo y a la vez tan simbólico, se convierte en reparador, quizás porque nos devuelve un mundo un poco menos extraño y más amable, más acogedor y más confiable.

Jana Vallvé y Maria Sais 

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Si quieres participar en algún diálogo de Encuentros Postales, contáctanos:

a.lacromatica@gmail.com

@la.cromatica

Tel: 659097333

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