Descubriendo Selva Interior

A mi alrededor los árboles se revuelven en sus hojas

y llaman, “Quédate un rato”.

La luz fluye de sus ramas.

Y vuelven a llamar, “Es sencillo”, dicen,

“y tú también has venido al mundo a hacer esto, ir a gusto,

llenarte de luz y resplandecer”.

Mary Oliver

Introducción

Trabajo en la red pública de salud mental de Girona, en Santa Coloma de Farners, la capital de la comarca de Selva Interior, una zona rural con gran presencia de bosques, pequeñas cordilleras y mucha agua. Es una comarca con pocos recursos culturales, infraestructuras de transporte limitadas y escasa comunicación entre pueblos.

Aunque mi lugar de trabajo se sitúa en un programa específico de acompañamiento a jóvenes con trastornos psicóticos, el centro de salud mental ofrece atención a la infancia, adultos, rehabilitación psicosocial e incluso pisos con soporte para personas con trastorno mental grave.

Antes de iniciar las prácticas, una parte importante de mi trabajo se desarrollaba en el domicilio de los pacientes, en desplazamientos constantes entre los centros de salud de la comarca, el despacho y el hospital. Es un trabajo centrado en la clínica, la psicopatología de la psicosis, los sistemas familiares y el tratamiento farmacológico.

Algunos de estos jóvenes prácticamente no salen de sus casas; por ello, inicialmente, una parte de las prácticas consistía en propuestas de arteterapia en el acompañamiento individual domiciliario. También intenté arrancar un grupo arteterapéutico centrado en el cuerpo y el movimiento libre pero no llegó a constituirse.

Quizás porque, para muchos, la idea de formar parte de un grupo les resultaría insoportable y también porqué quieren dedicar su tiempo a estudiar y trabajar. Esto me obligó a desplazar el foco y abrir nuevas posibilidades dentro del propio contexto laboral. Este desplazamiento fue, en sí mismo, el inicio del proceso que voy a compartir hoy.

Espacio

La primera puerta que se abrió fue la del centro de día.

Estos dispositivos son espacios terapéuticos grupales dirigidos a personas con patologías mentales graves (trastorno bipolar, esquizofrenia, depresiones graves recurrentes, etc.), con cierto grado de autonomía y estabilidad clínica. Diariamente se realizan actividades grupales pensadas para la rehabilitación psicosocial, la inserción comunitaria y la recuperación de los proyectos de vida.

Propuse iniciar un proceso arteterapéutico grupal, semanal, a los usuarios del Centro de Día interesados en explorar las artes expresivas. Arnau, psicólogo con amplia experiencia en el dispositivo, se ofreció a echarme una mano asistiendo a las sesiones como un miembro más.

El ayuntamiento nos cedió una sala diáfana en la Escuela de Adultos Municipal de Santa Coloma, donde nos encontramos cada jueves, de diez a doce.

Salir del centro de salud mental ha permitido crear puentes con la comunidad y generar nuevos vínculos institucionales y culturales. Ha dado pie a sumarnos a una comisión del ayuntamiento para trabajar con distintas asociaciones que trabajan para el bienestar emocional de los jóvenes de la zona.

A lo largo de estos meses hemos habitado otros espacios del pueblo: en el parque de San Salvador disfrutamos de una mañana soleada de invierno poniendo atención a los árboles y al río acompañados por Mary Oliver. En el centro cultural, la Casa de la Paraula, visitamos una exposición de pintura de un artista empordanés, Toni Cassany, para profundizar en los paisajes naturales e interiores. Incluso hemos aprovechado para celebrar juntos Sant Jordi o una barbacoa. Sitios y experiencias en los que, sin haber comenzado este grupo, no habría participado.

Las puertas no solo se abren: también se cruzan, se cohabitan y se transforman.

Este desplazamiento ha generado conexiones con otros profesionales del territorio, como Xevi, un musicoterapeuta con quien realizamos sesiones conjuntas y sumamos las disciplinas ampliando las posibilidades de intervención. Un miércoles al mes nos encontramos en la Escuela de Adultos: él aporta los instrumentos y las propuestas musicales, yo acompaño con las artes plásticas y dinámicas con el cuerpo y la palabra. Hemos pintado viajes musicales, hemos puesto danza y música a cuadros y hemos transformado en sonido las emociones.

Tiempo

Antes de iniciar el grupo me planteé algunos objetivos generales y de mínimos: crear un espacio seguro, favorecer el juego y la complicidad, potenciar la creatividad y abrir el diálogo con la obra como herramienta de desarrollo personal.

Al inicio insistía mucho en el encuadre, las normas, la escucha y el respeto. Con el tiempo fui comprendiendo que la experiencia necesitaba más tiempo que explicación. Conceptos como la resonancia o el cuerpo vibrátil no se podían transmitir de forma teórica: debían vivirse.

Mi idea inicial era consolidar un grupo cerrado y estable. Sin embargo, el grupo fue cambiando: algunas personas dejaron de venir, otras se incorporaron más tarde. No fue hasta abril que el grupo se estabilizó.

Este proceso me obligó a revisar mi relación con el tiempo terapéutico. La transformación no es lineal ni inmediata. Requiere repetición, confianza y espera. Algunas renuncias.

Tristán, un hombre de mediana edad, en las primeras sesiones siempre dibujaba símbolos relacionados con la muerte y el suicidio. Hablaba de sus ganas de dormir, haciendo humor negro de su desesperación, distanciándose del grupo. Me arriesgué a plantear una sesión para explorar la muerte desde otro prisma. 

Era 30 de octubre, la vigilia de Tots Sants en Catalunya, la Castanyada, que, como en otras culturas es la tradición que recuerda a los ancestros y algunas familias visitan el cementerio y cambian las flores de los nichos.

Después del círculo de bienvenida y una pequeña introducción, fui dejando en el suelo imágenes relacionadas con la muerte. El Día de los Muertos en México: fotos de los altares y las danzas en la calle. Puse otra foto de La fiesta Obon, de tradición budista, la ceremonia de los faroles flotantes, que se celebra en agosto para recordar a los muertos. Una imagen antigua de un entierro en un pueblo ibérico católico con el paseo del muerto en procesión por todo el pueblo. También puse una imagen fría y escéptica de un cadáver en la morgue de un hospital.

Se dejaron tocar por las imágenes e hicieron una obra plástica con lo que habían sentido.

A continuación, leí dos poemas: el Romance de la luna de Lorca y Las campanas doblan por ti, de John Donne. Tenían que elegir uno de los dos y resonar con una pequeña performance en grupo.

Ver a Tristán encarnando a la muerte disfrazado de payaso persiguiendo al niño gitano, mientras la luna cantaba, fue descacharrante. En el círculo final acabamos todos muy alegres y vitales, sorprendidos de haber mirado el final de la vida con tanta ligereza. Esta fue la primera sesión en la que Tristán dijo la frase que tantas veces hemos repetido: “inocentemente feliz”.

Invoqué a Lorca y a su teatro ambulante La Barraca, para que su espíritu nos acompañara en el camino.

No solo Lorca me ha dado la mano. Otros poetas, pintoras y músicos han inspirado las sesiones. A menudo empezaba el grupo recitando un poema. A veces, proyectaba una imagen, llevaba una escultura o una hoja.

Con Enric Casasses transitamos de la muerte al Amor.

Con el Adagio para cuerdas de Samuel Barber haciendo de barquero, fluimos por el río de los amores. Amores de todos los tamaños. El amor a la naturaleza y a la libertad, que se encarna en campos, mares y animales de colores. Pensamos en el amor de carne y huesos, las miradas tiernas, los surcos de las manos, la voz. ¿Cómo nos envuelve el olor de un ser querido?

Surcamos hasta el amor a uno mismo, la importancia de escuchar nuestro cuerpo y nuestros sentires. Pocos se habían planteado este amor como imprescindible. Para que las manos dejaran huella de todos estos sentimientos les dejé un trozo de barro para que amasaran.

Para acabar hicimos un mural colectivo con pinturas. Durante la semana les pedí que fueran mandándome sus canciones de amor preferidas y mientras deslizaban los pinceles cantaban y se explicaban sus preferencias musicales.

En el cierre de la sesión sentí el cuerpo raro. Aparecieron sus dificultades en las relaciones personales, el aislamiento y la angustia. Vi el dolor de una mujer que se relaciona desde la ambivalencia: amor y odio, “los que te quieren, te entierran”, esa mezcla entre exigencia y decepción. Vi la tristeza y la soledad de la falta de amor, algunas vidas frenadas por la inhibición y la pérdida de deseo. Vi el lenguaje roto de un hombre que no logra explicar lo que siente.

Me quedé en silencio. Calmé mi ansia de curar e intervenir y me callé: disponible y atenta.

Sesión tras sesión aparecía más espacio para que el cuerpo, el juego, el absurdo y la imaginación pudieran expresarse sin la necesidad de producir un significado inmediato.

En lugar de buscar explicaciones a sus conflictos, les animo a atender a sus sensaciones, resonancias e imágenes. Paradójicamente, es precisamente esta distancia la que permite que, poco a poco, vayan apareciendo ellos. En los cierres van poniendo palabras y nombrando sus anhelos y necesidades. Aparecen preocupaciones relacionadas con el duelo, comparten anécdotas familiares, se atreven a mostrar sus emociones.

Mientras nos conocemos, también yo me voy descubriendo como arteterapeuta.

Gracias a la supervisión fui reconociendo mi tendencia a planificar excesivamente las sesiones. Revisando el diario de prácticas puedo leer hasta tres versiones distintas de la misma sesión. Pero no es solo esto. Con las resonancias de mis compañeras pude darme cuenta de que, a veces, quiero que sea el grupo el que se adapte a mis expectativas. Mis ideas sobre lo que quiero que se trabajar en una sesión y mi tendencia a buscar lo terapéutico hacen que, en ocasiones, quiera controlar el proceso y pierda la conexión con lo que está pasando.

A lo largo del curso, y comentando las sesiones con Arnau, voy aprendiendo a tolerar mejor la incertidumbre del proceso y a confiar en la importancia del vínculo. Semana a semana, el grupo me acepta y acoge mis propuestas más locas. El espacio de los jueves se va configurando como un lugar seguro donde, juntos, transitamos la confusión.

Propuestas aparentemente superficiales, como explorar el ridículo a través de Mister Bean o trabajar dilemas cotidianos mediante sonidos vocales, creaban un espacio liminal donde podían emerger el caos, la extrañeza del juego y el sin-sentido. Con humor decían “Si alguien entra en la sala en este momento, pensará que estamos locos”.

Personas

Como podéis imaginar, se trata de un colectivo con algunas particularidades. La mayoría recibe tratamiento farmacológico desde hace años, lo que puede afectar a la velocidad de procesamiento y la atención, además de crear cierto aplanamiento afectivo. Las personas que han pasado varias crisis psicóticas pueden sufrir cierto deterioro progresivo y tener menos capacidades para simbolizar.

En las sesiones es habitual tener que repetir las consignas varias veces o que alguien se pierda a mitad de una actividad. Muchos no trabajan, disponen de pocos recursos económicos y sus rutinas suelen ser limitadas y repetitivas.

El grupo de arteterapia es un espacio abierto y libre donde aparece lo emocional, la infancia y el juego, reprimidos durante años. El lenguaje artístico nos da la ventaja de ser indirecto y ofrece un distanciamiento estético que permite la participación en diferentes niveles de profundidad.

A nivel cognitivo, el continuo movimiento que hacemos para que sean ellos quienes descubran lo que les dicen sus obras promueve la autonomía y la independencia. Cada uno de ellos pasa a ser un sujeto activo que colabora directamente en su proceso artístico, fortaleciendo así su agencia.

Antes de empezar el grupo, cuando me acercaba al centro de día y les preguntaba si sabían lo que era la arteterapia comentaban que sería pintar, hacer manualidades, reseguir un cuaderno. Actualmente valoran mucho el grupo: resaltan la libertad, la diversión y el cambio.

Antes de empezar el grupo, cuando me unía a sus asambleas para escuchar y mirar, pensaba que la inhibición reinaría en las sesiones y no aceptarían mis propuestas por miedo, incapacidad o desconfianza a lo nuevo.

Sin embargo, una de las cosas que más me ha sorprendido durante este proceso ha sido comprobar hasta qué punto es fácil reducir a las personas a estas características.

A menudo llegaban al grupo con aspecto cansado, silenciosos, absortos en sus pensamientos o respondiendo con monosílabos. Aun así, después de entrar en calor y activar el cuerpo, una y otra vez, aparecían otros registros. Se lanzaban al juego, improvisaban situaciones absurdas y la ligereza y la vitalidad se mantenían en la mayoría de las sesiones.

Recuerdo a una mujer de unos cincuenta años que veía cada mañana fumando frente al centro de salud. Le llamaremos Drack Diva. Cuando se incorporó al grupo en enero parecía distante, con la mirada perdida y escasas ganas de participar. Tras varias sesiones de teatro le cambió la expresión de la cara, alzó la voz y empezó a mostrarse juguetona y coqueta. “Cada día soy mejor actriz”, decía orgullosa. En una improvisación propuso vengarse de un exnovio infiel y terminamos todos de pie, aplaudiendo y jaleando la escena. Más tarde descubrí que llevaba años haciendo teatro en un centro cívico. Con todos mis prejuicios, ni siquiera se me había ocurrido preguntármelo.

La diferencia en la repetición

Si no guardo las obras en la carpeta después de cada sesión, suelen acabar en la basura.

Mientras que para muchos pacientes el acto de tirar la obra se considera poco constructivo, para los pacientes psicóticos puede significar un intento de expulsar aspectos intolerables o poco deseables. Killick argumenta que el acto de tirar puede poseer un significado ritual para mostrar poder sobre objetos amenazantes.

Hubo una excepción.

Estuvimos trabajando con Son of a Man, el cuadro del hombre escondido detrás de una manzana de René Magritte. Le pusimos cuerpo a la imagen: en el escenario, una persona daba voz a la manzana, otra al hombre del sombrero y una tercera a sus pensamientos.

Hubo sorpresas: “Estoy triste y me escondo, no quiero enseñar lo que siento”; “Tengo algo delante que me impide ver y hablar”; “Estoy sola, no puedo tocar a nadie y esto me enfada. ¿Por qué os reís?”

Después del ejercicio, Arnau dinamizó un debate y empezaron a surgir preguntas: ¿Quién era Magritte? ¿La manzana representa la prohibición del deseo? ¿Transmitía el cuadro una dificultad para ver, hablar o comunicarse?

Al terminar, cogieron la reproducción del cuadro, se la llevaron al centro de día y la colgaron en una pared. Un gesto sencillo, pero significativo. La imagen siguió trabajando fuera de la sesión.

El movimiento no terminó allí, sino que abrió la posibilidad de seguir preguntándose por el pintor, por la obra y por todo aquello que todavía quedaba por descubrir.

Nombres y flores

A finales de marzo hubo una sesión que resultó muy significativa para la consolidación del grupo.

Les pedí que trajeran un pañuelo para la sesión. Confié en mi intuición y en mi capacidad de improvisar. Sensibilizamos el cuerpo a través de masajes y danzas con el pañuelo y, a continuación, nos tapamos los ojos para dejarnos guiar dentro y fuera de la Escuela de Adultos.

Descubrimos que cuando los límites son claros emergen cosas significativas.

Buru-duru habló del temor a perder la libertad cuando nos dejamos guiar. El hombre azul se dio cuenta de que tenía tendencia a controlar y a sobreproteger a su compañero y lo pudo relacionar con su rol familiar de cuidador. Algunos no se atrevieron a guiar por miedo a equivocarse, otros se dejaron llevar, pero solo dentro del edificio. Pudieron confiar gracias al apoyo y la orientación de sus compañeros y yo pude confiar en mi capacidad de guiar sin controlar.

Llegó la primavera y, con las flores, tuvo lugar el bautizo del grupo. ¿Qué era el grupo para ellos? Crearon un escudo, un lema y se nombraron por primera vez: SUKARS.  

La máscara como metáfora del diagnóstico

En mi formación como psiquiatra he leído a autores críticos con el modelo biomédico del malestar psíquico, especialmente a aquellos vinculados a la antipsiquiatría y al pensamiento foucaultiano, como una forma de cuestionar la reducción de la experiencia humana al lenguaje del diagnóstico.

Estas perspectivas han permitido problematizar cómo la psiquiatría, además de ofrecer cuidado y conocimiento, también puede participar en procesos de clasificación, normalización y producción de subjetividades. Desde este marco, he intentado evitar la identificación de las personas con los diagnósticos clínicos y no caer en la patologización de sus experiencias, entendiendo el sufrimiento psíquico no únicamente como un déficit o un síntoma a corregir, sino como una experiencia situada, atravesada por la historia personal, los vínculos y las condiciones sociales.

Sin embargo, a pesar de este posicionamiento, durante mi práctica en el sistema público de salud mental no había encontrado una forma real de sustraerme completamente de la lógica diagnóstica y de la posición de saber que ocupo como psiquiatra. El diagnóstico continuaba organizando la mirada y situando a la persona principalmente como objeto de evaluación e intervención.

La práctica arteterapéutica ha constituido la primera experiencia en la que este marco teórico ha podido encarnarse en una práctica concreta. Al no ser la referente clínica de ninguna de estas personas y al situarme como arteterapeuta, sin la función de diagnosticar ni la posibilidad de medicar, decidí desde el inicio no leer sus historias clínicas ni conocer sus diagnósticos o tratamientos. Esta decisión respondía al intento de abrir un espacio donde la persona pudiera aparecer antes que la categoría diagnóstica.

En este grupo no estoy ocupando el lugar de quien interpreta o juzga su estado psicopatológico, analiza sus palabras o sus relaciones interpersonales. Aunque seguimos formando parte de estructuras institucionales atravesadas por relaciones de poder y jerarquías, nuestro encuentro se ha construido a través de la experiencia compartida de creación. La práctica arteterapéutica ha permitido desplazar la relación terapéutica desde una lógica más tutelar hacia una relación más horizontal, donde las personas dejan de ser únicamente sujetos observados y evaluados para convertirse en sujetos creadores, capaces de transformar su experiencia y aportar algo propio al espacio colectivo.

Ahora me fijo en otras cosas. Los colores que tienden a utilizar en sus obras, la amplitud de los movimientos en sus cuerpos, la prisa en terminar las obras, sus canciones preferidas, con qué paisajes sienten sus emociones.

Cuando creamos las máscaras y dimos vida a los personajes —poniéndoles un nombre, una historia, deseos, miedos y una forma de habitar el mundo— tuve la sensación de ver a cada participante con mayor nitidez. Los personajes parecían hablar de aspectos muy profundos de sus maneras de ser y de relacionarse. Al mismo tiempo, me sorprendió observar hasta qué punto algunos parecían identificarse con ellos.

Esta observación me llevó a pensar en el diagnóstico y en cómo, a veces, una categoría clínica puede terminar convirtiéndose en una identidad rígida. La persona deja de tener un diagnóstico para empezar a verse a sí misma a través de él.

La máscara me pareció una metáfora mucho más rica. Como el diagnóstico, ofrece una imagen de quiénes somos, pero, a diferencia de este, nace de la propia creación y permanece abierta a la imaginación, al juego y a la transformación.

En un primer momento, Hulk pintó su máscara únicamente de color verde. Su historia estaba llena de referencias a todo aquello que había perdido. Sin embargo, la máscara no está terminada. Siempre puede incorporar nuevos colores, nuevas formas, nuevas narrativas. La pregunta deja de ser quién es Hulk para convertirse en: ¿qué otras cosas podría llegar a ser Hulk?

Otro participante creó a Toti-colori, un personaje lleno de colores, vitalidad y optimismo, preocupado por convertirse en el mejor pintor del pueblo y con aversión a la tristeza. ¿Y qué ocurriría si, por un momento, pudiera ponerse la máscara de Tristán? ¿Cómo sería experimentar el mundo desde un personaje más vulnerable, más desencantado, más conectado con la pérdida?

Y ¿qué le ocurriría a Tristán, un personaje de 250 años que vive aislado en un enorme edificio de cristal, decepcionado por el funcionamiento del mundo, pero que conserva en su interior un profundo deseo de encontrar personas capaces de mejorarlo? ¿Qué cambiaría si se encontrara con Buru-duru, llegado de la selva para recordar a la modernidad la importancia de la comunidad, los vínculos y la cooperación? Quizás Tristán descubriría que no está tan solo. Quizás ambos se transformarían un poco a través del encuentro.

Es aquí donde encuentro uno de los mayores potenciales terapéuticos del trabajo con máscaras. No tanto porque nos ayuden a descubrir una identidad oculta, sino porque nos permiten experimentar otras maneras de ser. En personas que durante años han estado definidas por el diagnóstico, el déficit o la enfermedad, las máscaras pueden convertirse en un espacio para ensayar nuevas posibilidades. Un lugar donde la identidad deja de ser una etiqueta fija y pasa a entenderse como algo vivo, cambiante y todavía en construcción.

Conclusiones

A lo largo del proceso he ido comprendiendo que el trabajo arteterapéutico no consiste tanto en dirigir un cambio como en crear las condiciones para que algo pueda suceder.

Por eso he organizado esta exposición en torno al espacio, el tiempo y a las personas. Estos tres elementos no funcionan de manera separada: se entrelazan constantemente.

En una sesión trabajamos precisamente esta idea a través de hilos de lana, explorando cómo los vínculos, los tiempos y los espacios se cruzan y se sostienen mutuamente.

El proceso aparece cuando estas dimensiones se encuentran.

Podríamos pensar las prácticas como la llegada a un territorio desconocido, como Selva Interior.

Primero observamos el paisaje: el verde oscuro de los encinares y alcornoques.
Aprendemos sus ritmos: otoños lluviosos y marinadas estivales.
Reconocemos sus límites: al oeste, las Guilleries, y al este, las sierras litorales.
Después, aprendemos a esperar.

No podemos decidir qué crecerá allí. Pero sí podemos conocer el terreno, estar presentes y sostener el tiempo necesario para que algo vivo aparezca.

Y en ese espacio de espera, algo ocurre.

Una persona descubre que puede ocupar un lugar importante dentro del grupo. Otra encuentra en el teatro una forma de desplegar su humor. Alguien empieza a arriesgar más en sus pinturas. 

Aparecen nuevos vínculos y nuevas formas de habitar el cuerpo.

Movimientos pequeños.

Difíciles de medir.

Que solo se vuelven visibles cuando una aprende a mirar despacio.

Maria Ballabriga Costa

Psiquiatra, estudiante de arteterapia y aprendiz empedernida.

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Instituto de Arteterapia Transdisciplinaria de Barcelona
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